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Position 1

¿Es posible reformar el capitalismo sin hacer una revolución?

Reforma y revolución

Rosa Luxemburg  ha sido tachada de revolucionaria, con razón, porque creía que el capitalismo no podía ser reformado sin una revolución. Eduard  Bernstein, su adversario en el SPD, había propuesto en Las premisas del socialismo y las tareas de la socialdemocracia (1899) superar el principio del lucro por medios pacíficos y reformistas. Rosa Luxemburg rechazó tajantemente esta desviación del supuesto marxista que decía que la revolución era indispensable para  que la humanidad no cayera en la barbarie. En cambio, abogó por una política cotidiana reformista orientada según las exigencias de una perspectiva revolucionaria.

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R de Rosa: Episodio 1 - ¿Reforma o revolución?

En Reforma o revolución (1899), un libro que sigue siendo relevante para enfrentar los problemas de nuestros días, Rosa Luxemburg evita caer en la trampa de pensar que reforma y revolución son dos conceptos necesariamente opuestos. Sin embargo, fue justo esta discusión la que dividió el movimiento obrero socialista —desde antes de su asesinato— en dos corrientes: por un lado, quienes buscaban superar el dominio del interés de lucro por medio de métodos reformistas; por el otro, quienes perseguían el mismo objetivo con métodos revolucionarios. La división de las fuerzas que criticaban el capitalismo en dos corrientes principales y un estuario de pequeñas corrientes dio lugar a un enorme «delta socialista». Ninguno de estos ríos alcanzó el libre mar del socialismo, ni los comunistas que promulgaban la revolución ni los herederos de Eduard  Bernstein. El fracaso de la política socialista le dio campo al fascismo y, en los años 70,  al neoliberalismo que sigue determinando la economía y la sociedad. 

Rosa Luxemburg tenía la esperanza de poder instaurar una economía renovada mediante una combinación de reforma y revolución, aunque para ella la revolución no era sinónimo de violencia:

En las revoluciones burguesas, el derramamiento de sangre, el terror y el asesinato político eran las armas indispensables de las clases ascendentes. La revolución proletaria no necesita el terror para alcanzar sus objetivos; odia y aborrece el asesinato. No necesita esa forma de lucha porque no lucha contra individuos, sino contra instituciones; porque no entra al ruedo con ilusiones inocentes que luego necesita vengar con sangre. [1]

Para Rosa Luxemburg, la violencia revolucionaria era aceptable, en el mejor de los casos, como reacción a la violencia de los gobernantes cuando estos rompían los principios del derecho. Rechazaba el terror, sobre todo el terror individual, porque no hacía más que legitimar más opresión estatal. En cambio, estaba de acuerdo con el movimiento socialista temprano de Europa Occidental, que creía que lo que liberaría a la sociedad del principio del lucro sería la combinación de la educación política, la organización y la lucha de masas:

No es el uso de la violencia física, sino la determinación revolucionaria de las masas en huelga decididas a no dejarse amedrentar por las peores consecuencias de la lucha y sacrificarse de ser necesario, lo que les da a sus acciones una fuerza tan irresistible que a menudo es capaz de llevar la lucha a victorias notables en un breve espacio de tiempo.[2]

Para Rosa Luxemburg, las revoluciones se gestaban en la lucha de clases. Al menos desde el fracaso de la Revolución rusa de 1905-1906, Rosa Luxemburg  ya no compartía la expectativa enunciada por Marx en 1848 —y abandonada por Friedrich Engels ya en 1895, al menos parcialmente— de que una revolución le abriría  inmediatamente las puertas al socialismo. Ella se dio cuenta de que cada revolución sufre un retroceso tras el inevitable debilitamiento de las fuerzas que la impulsan. Pero este retroceso es menor cuanto más se impulsa la revolución hacia la izquierda, hasta alcanzar una dictadura del proletariado, que es necesariamente temporal, pues  no es viable para siempre. Este es el núcleo de cómo Rosa Luxemburg entendía la revolución.

A partir de ese momento, Rosa Luxemburg  concibió las revoluciones como procesos a largo plazo que se interrumpen una y otra vez, como ciclos en vez de eventos individuales. Un derrocamiento socialista no podía ser «controlado en 24 horas», sino que marcaba un largo periodo histórico.

Las consideraciones de Rosa Luxemburg sobre la combinación de reforma y revolución adquieren más relevancia en el contexto de nuevos movimientos de protesta, incluidas las protestas contra el cambio climático.

Notas al pie
  1. Rosa Luxemburg, «Was will der Spartakusbund?», en Gesammelte Werke, vol. 4, Berlin: Dietz, 1974, p. 443
  2. Rosa Luxemburg, «Das belgische Experiment», en Gesammelte Werke, vol. 3, Berlin: Dietz, 1973, p. 204.
Position 2

¿Por qué la libertad es siempre la libertad de los que piensan diferente?

Libertad

El postulado de Immanuel Kant según el cual la libertad del individuo termina donde inicia la libertad del otro es el punto de partida para la forma como Rosa Luxemburg entiende la libertad. Para ella, la libertad entendida como privilegio no es libertad, sino vivir  en una jaula de oro. Los cambios sociales se producen más rápidamente cuando hay libertad total, sobre todo en las revoluciones. Los cambios se vuelven irreversibles cuando el lado perdedor solo capitula después de haber agotado todas sus fuerzas y cae en plena libertad.

Rosa Luxemburg se adelantó a la mayoría de los políticos de izquierda con la idea de que la libertad de pensar diferente es lo que permite una política emancipadora:

La libertad solo para los simpatizantes del gobierno, solo para los miembros de un partido —por muy numerosos que sean— no es libertad. La libertad es siempre la libertad de quienes piensan diferente. No se trata de un fanatismo de la “justicia”, sino que lo que hay de revitalizante, sanador y purificador en la libertad política depende de esta esencia y pierde sus efectos cuando la “libertad” se convierte en privilegio.[1]

Buscar la emancipación a través  de medios y métodos antiemancipadores —es decir, siguiendo  las ideas políticas de Lenin— habría significado para Rosa Luxemburg renunciar a sus convicciones políticas. La opresión no se elimina con opresión.

Luxemburg diferenciaba entre libertades políticas y sociales. Las libertades políticas comenzaban con la libertad de la propiedad, sin la cual el mercado capitalista no es viable. Esta libertad había sido el objetivo central de la burguesía revolucionaria y había funcionado como una primera protección contra la arbitrariedad del Estado, asegurada mediante el Estado de derecho. Con la imposición político-revolucionaria de esta protección, se abrió una puerta que nunca se había pretendido abrir: la puerta a la lucha desde abajo por las libertades políticas, comenzando por la integridad de la persona, la libertad de opinión, expresión y prensa, el derecho al voto, incluida la protección de los perdedores en las elecciones, la libertad de reunión, la libertad de organización, el secreto de correspondencia, la inviolabilidad del domicilio y el secreto telefónico. Solo estas libertades políticas permitieron luchar por un espacio protegido en el que se pudiera debatir, sin grandes riesgos, las ideas socialistas.
Hoy en día, estas libertades forman parte del núcleo inviolable de la Constitución de la República Federal de Alemania (artículos 1 y 20); para Rosa Luxemburg, ya entonces, eran derechos innegociables.

Para ella, el socialismo simplemente se trataba de complementar las libertades políticas con la libertad social contra la explotación y todas las formas de dependencia (el «socialismo» practicado por los bolcheviques era  lo opuesto, por eso Rosa Luxemburg se volvió tan peligrosa para ellos).

Para Rosa Luxemburg era claro que solo enfrentando las contradicciones sería posible que el «resto de la sociedad»  tomara consciencia de su propia opresión y explotación, y se liberara así de la dominación en sus propias mentes. Paul Levi, uno de sus compañeros, lo formuló así tras su asesinato:

Sabía librar la lucha como lucha, la guerra como guerra, la guerra civil como guerra civil. Pero solo podía imaginarse la guerra civil como un libre juego de fuerzas en el que ni siquiera la burguesía sería desterrada a los sótanos por cuenta de medidas policiales, porque las masas solo crecen en la lucha abierta, solo en ella pueden reconocer la grandeza y el peso de su lucha. Deseaba tan poco exterminar la burguesía por medio del terrorismo estéril, del rutinario trabajo del verdugo, como el cazador desea exterminar las alimañas que hay en su bosque, pues es luchando contra ellas que la caza se fortalece y crece. Para ella, la destrucción de la burguesía, que también ella deseaba, era el resultado de la reorganización social que significaba la revolución. [2]

Rosa Luxemburg estaba profundamente convencida de que todo lo que fuera artificial, todas las condiciones instauradas «desde arriba» culminan en la dictadura de una minoría y un régimen de terror. La historia del socialismo del siglo XX confirmó esto con sangre.

Notas al pie
  1. Rosa Luxemburg, «Zur russischen Revolution», en Gesammelte Werke, vol. 4, Berlin: Dietz 1974, p. 359.
  2. Paul Levi, «Einleitung zu Die Russische Revolution. Eine kritische Würdigung. Aus dem Nachlass von Rosa Luxemburg», en Ohne einen Tropfen Lakaienblut. Schriften, Reden, Briefe, vol. I/4: Spartakus: Abschied ohne Ankunft, 1921/22, ed. Jörn Schütrumpf, Berlin: Dietz, 2020, p. 1035.
Position 3

El secreto del colonialismo y el imperialismo

La acumulación del capital

El crecimiento constante de los mercados de consumo hace parte del ADN del capitalismo, a costa de su propia desaparición. Rosa Luxemburg se dio cuenta de que el Sur Global, que en ese entonces aún no era capitalista, era esencial para la forma de producción del capitalismo, pues le servía como mercado de consumo y como fuente de materias primas. Esta «integración en el mercado global» implica formas de desposesión que ocasionan la destrucción de las comunidades tradicionales, con frecuencia por medio de violencia militar. Al mostrar esto, Rosa Luxemburg no solo reveló el secreto del colonialismo, sino también el de la guerra imperialista.

https://www.youtube.com/watch?v=6uacxlEtVLU
R de Rosa: Episodio 2 - Imperialismo y guerra

Para poder analizar cómo se produce la plusvalía capitalista, Marx había decidido trabajar con un modelo simplificado. Había partido de la base de una sociedad compuesta únicamente de capitalistas y trabajadores asalariados, es decir, un tipo de sociedad que nunca ha existido —como él mismo subrayó varias veces—. Solo en estas «condiciones de laboratorio» pudo descubrir algunas relaciones esenciales de esta forma de producción. Marx logró demostrar cómo surge la plusvalía y cómo esta no se consume, sino que se usa para alimentar la producción (se acumula), con el fin de producir más mercancías y más ganancias. Según él, cualquier capitalista que se niegue a participar en este juego será tarde o temprano superado por la competencia.

Según Rosa Luxemburg, Marx dejó abierta la pregunta acerca del origen del dinero necesario para que la gran cantidad de mercancías que resulta del aumento de la producción pueda ser valorizada, es decir, comprada por los consumidores a un precio que asegure la realización del valor agregado para el vendedor. No obstante, lo anterior es un requisito para que el capital invertido en las mercancías se transforme en más capital, haciendo posible la acumulación y el crecimiento.

Aquí es donde entra Rosa Luxemburg. Ella asumió que en una sociedad compuesta solo de capitalistas y trabajadores asalariados sería imposible que aumentaran las ventas. Sin embargo, en vez de reprochar esto a Marx, partió de sus hallazgos para volver al punto de partida: de la abstracción a la realidad. Y lo que encontró fue un tercer campo: los mercados de consumo no capitalistas. Este fue su hallazgo:

La producción capitalista, como verdadera producción en masa, depende de los compradores de círculos campesinos y artesanos de los viejos países y de los consumidores de todos los demás países, y no puede prescindir técnicamente de los productos provenientes de estas clases y estos países (ya sean medios de producción o alimentos). Por esto, desde el principio fue necesario desarrollar una relación de intercambio entre la producción capitalista y su entorno no capitalista, la cual le permitió al capital transformar su plusvalía en oro puro para una mayor capitalización, abastecerse de todas las materias primas necesarias para ampliar su propia producción y, finalmente, acceder a una afluencia constante de fuerza laboral proletarizada, mediante la descomposición de las formas de producción no capitalistas.[1]

Rosa Luxemburg desarrolló este planteamiento en 1913 en una obra de dimensiones épicas: La acumulación del capital. Sin embargo, el libro no fue  muy bien logrado. Las primeras doscientas páginas tienen muchas secciones que parecen un diálogo consigo misma. Lo opuesto sucede con los siete capítulos históricos que concluyen el volumen, los cuales son una obra de la literatura universal.

Fue en otra obra, conocida como Antikritik (Anticrítica), donde llegó al punto decisivo:

El sometimiento y la destrucción de las comunidades tradicionales en los países de ultramar son el primer acto, el acto en el que nace históricamente el capital, y el fenómeno que acompaña la acumulación desde entonces. Al arruinar las condiciones primitivas de la economía de subsistencia y las relaciones campesino-patriarcales de estos países, el capital europeo abre la puerta al intercambio y a la producción de mercancías en ellos, transforma a sus habitantes en clientes de las mercancías capitalistas y, al mismo tiempo, acelera enormemente su propia acumulación mediante el robo masivo y directo de los recursos naturales y las riquezas almacenadas por los pueblos sometidos. Desde principios del siglo XIX, la exportación del capital acumulado desde Europa hacia los países no-capitalistas de otras partes del mundo va de la mano de estos métodos. En estos lugares encuentra un nuevo círculo de compradores para sus mercancías y, por lo tanto, nuevas posibilidades de acumulación, en un nuevo campo construido sobre las ruinas de las formas de producción autóctonas. Así, el capitalismo se expande gracias a la interrelación con las comunidades y países no-capitalistas, continúa acumulando a costa suya y, al mismo tiempo, paso a paso, los corroe y los desplaza hasta ocupar su lugar.[2]

Rosa Luxemburg escribió la Anticrítica en 1915, mientras cumplía una condena de un año en la «cárcel de mujeres» de la Barnimstraße, en Berlín, por antimilitarismo. En ese momento nadie se atrevió a publicar el libro de la proscrita. El libro fue publicado en 1921, dos años después de su asesinato, por la editorial  Frankes de Leipzig.

Sobre las consecuencias de la forma de producción capitalista, Rosa Luxemburg escribió: Entre más países capitalistas participan en la caza por territorios de acumulación y entre más escasos se vuelven los territorios no-capitalistas que todavía están disponibles para la expansión mundial del capital, más amarga se vuelve la competencia del capital por esos territorios de acumulación, convirtiendo sus expediciones en el escenario mundial en una cadena de catástrofes económicas y políticas crecientes: crisis mundiales, guerras, revoluciones. [3]

Aunque Rosa Luxemburg entendió el sometimiento de las formas de producción no-capitalistas a la lógica de la valorización del capital como un proceso único, el desarrollo de estos fenómenos ha demostrado que en realidad se trata de una penetración cada vez más profunda en todas las relaciones sociales. La idea de Luxemburg de que la capitalización del mundo se toparía con un límite económico era demasiado miope.

Los análisis de Rosa Luxemburg influyeron posteriormente en el discurso del Tercer Mundo y en los movimientos feministas de los años setenta. A inicios de los años 2000, David Harvey mostró cómo la «acumulación por desposesión»  —subtítulo de la edición en alemán de su libro más importante, El nuevo imperialismo (2003)— se extiende hoy en día a bienes públicos, por medio de la privatización de los servicios públicos, los sistemas de salud y educación, y el sector cultural, entre otros. Actualmente, se discute la acumulación también desde la perspectiva de las «colonias internas», el «acaparamiento de tierras», el hogar como lugar de producción gratuita del trabajo vuelto mercancía y los trabajos de cuidados no remunerados.

La idea de Rosa Luxemburg sobre los límites de la capitalización aparece de forma distinta en el discurso ecológico, como ha señalado Isabel Loureiro: El modelo actual de “acumulación por desposesión” está relacionado, entre otros, con problemas agrícolas que no son sostenibles: la expansión de los monocultivos, el uso de pesticidas, la degradación de los suelos, la deforestación, la destrucción de la biodiversidad, el desperdicio de recursos hídricos, la contaminación de fuentes hídricas, la amenaza a la seguridad alimentaria, el aumento en los precios de los alimentos. Según Loureiro, el capital no puede acumular infinitamente, pero no porque todo el mundo vaya a estar eventualmente capitalizado y el capitalismo vaya a encontrar su límite lógico e histórico, como decía Luxemburg, sino debido a los límites naturales de nuestro planeta. [4]

Notas al pie
  1. Rosa Luxemburg, «Die Akkumulation des Kapitals oder Was die Epigonen aus der Marxschen Theorie gemacht haben. Eine Antikritik [1915/1921]», republicado en Gesammelte Werke, vol. 5, Berlin: Dietz 1975, p. 429.
  2. Ibid., pp. 429-430.
  3. Ibid., p. 430.
  4. Isabel Loureiro, «Die Aktualität von Rosa Luxemburgs Akkumulation des Kapitals in Lateinamerika», Jahrbuch für Forschungen zur Geschichte der Arbeiterbewegung, 2013, vol. 2, p. 121.
Position 4

¿Cuál era la alternativa al capitalismo según Rosa Luxemburg?

Socialismo

La máquina de crecimiento del capitalismo está más descontrolada que nunca y no solo en China y en India. Un capitalismo sin crecimiento es tan impensable como el crecimiento ilimitado en un planeta finito. Sin embargo, las alternativas a la destrucción de la naturaleza y el sometimiento de la vida humana por cuenta de la explotación del capital que se han planteado hasta ahora han sido desacreditadas, debido a que los Estados socialistas del siglo XX no trajeron libertad ni protegieron la naturaleza y el medio ambiente. No obstante, las múltiples crisis del capitalismo exigen buscar nuevas alternativas, incluida una nueva discusión sobre el socialismo en el siglo XXI. Esta discusión puede retomar a Rosa Luxemburg, quien luchó por un socialismo vivo, lleno de contradicciones y absolutamente democrático. Para ella, el «verdadero aliento del socialismo» era «la energía revolucionaria más implacable y la humanidad más generosa».

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R de Rosa: Episodio 3 - El orden reina en Berlín

Rosa Luxemburg entendía el socialismo como la unión de las libertades políticas y sociales. Esto la puso inmediatamente en conflicto con Lenin y Trotzki, los líderes de los bolcheviques, quienes se habían tomado el poder en octubre de 1917, aboliendo las libertades políticas. En septiembre de 1918 Rosa escribió: Siempre hemos distinguido entre el núcleo social y la forma política de la democracia burguesa; siempre hemos revelado el amargo núcleo de la desigualdad social y la falta de libertad que se esconde bajo la dulce cáscara de la igualdad y la libertad nominales, no para rechazarlas, sino para incitar a la clase trabajadora a no conformarse con la cáscara, sino conquistar el poder político para llenarlo de contenido social. [1]

Lo que más temía Rosa Luxemburg era que el dominio bolchevique despojara la idea socialista de su significado más importante: poder convertirse en una alternativa a la opresión, la explotación y la degradación. Puesto que para ella el socialismo no podía introducirse por la puerta trasera, consideraba imposible dar rienda suelta al socialismo en la calma sepulcral de una dictadura, así fuera una dictadura «de izquierda». El socialismo tenía que ser deseado por una mayoría, por lo cual debía ser lo más público posible. Solo podía volverse atractivo en la lucha pública. Para Rosa Luxemburg, no eran los «partidos revolucionarios», sino solo las masas, las que podían cambiar la sociedad y llevarla al socialismo. Por ello, la democracia era la base, no había alternativa. Además, para Luxemburg el socialismo no podía decretarse, por el simple hecho de que necesita de la libertad, la cual nunca puede venir de arriba, solo puede ser deseada desde abajo.

Rosa Luxemburg puso en el centro de su planteamiento político la disyuntiva que Marx expresó una y otra vez entre sus allegados: «socialismo o barbarie». Si la humanidad no encontraba una forma de salir del dominio del lucro, la especie humana caería irremediablemente en la barbarie. Después de dos guerras mundiales, el fracaso del socialismo de Estado y la susceptibilidad cada vez más visible del modo de producción capitalista a las perturbaciones, las ideas básicas de Luxemburg  —crear libertad tanto política como social y pensar conjuntamente la sociedad y la naturaleza— pueden servir para desarrollar un esbozo de una sociedad alternativa.

«La tarea histórica del proletariado cuando llegue al poder es reemplazar la democracia burguesa por la democracia socialista, no abolir por completo la democracia. Pero la democracia socialista no empieza en la tierra prometida cuando ya se haya creado la infraestructura de la economía socialista, como si fuera un regalo de navidad para el pueblo obediente que mientras tanto ha apoyado con lealtad a un puñado de dictadores». [2]

Fußnoten
  1. Rosa Luxemburg, «Zur russischen Revolution », en Gesammelte Werke, vol. 4, Berlin: Dietz, 1974 [septiembre/octubre de 1918], p. 363.
  2. Ibid.
Position 5

La liberación del ser humano mediante el aprendizaje de por vida

Emancipación

Para Rosa Luxemburg, la emancipación era el objetivo de la especie humana, no solo de uno de sus sexos. Al igual que Marx, exigía «derribar todas las condiciones que hacen del ser humano un ser degradado, subyugado, abandonado, despreciable». Al mismo tiempo, odiaba abordar los problemas desde un solo punto de vista. Para Luxemburg, la educación era un requisito de la emancipación, pero tampoco la educación era unidimensional. Para ella, el aprendizaje tenía dos caras: la adquisición de la cultura humana en su sentido más amplio y la participación en la acción colectiva. En ambos casos, las experiencias positivas, y aún más las negativas, eran indispensables.

Para Rosa Luxemburg la emancipación no se limitaba a la emancipación de la mujer:

El socialismo científico nos enseña a las mujeres que solo podremos liberarnos plenamente mediante la abolición de la propiedad privada de los medios de producción en un orden socialista. Por lo tanto, es nuestra obligación trabajar por este ideal sublime, que es también el objetivo histórico del movimiento obrero. A los proletarios, por su parte, les anuncia que no lograrán alcanzar este objetivo sin el apoyo consciente y activo de amplias masas de mujeres. Los hechos lo confirman. El fuerte y acelerado crecimiento del trabajo profesional de las mujeres obliga a quienes trabajan por un sueldo o salario a respetar y convencer a (al menos) una de sus de sus compañerasen la lucha por condiciones dignas de existencia. [1]

Para Luxemburg, la emancipación no era un acto único de liberación, mucho menos una declaración, sino una confrontación constante consigo misma y con todas las facetas de la sociedad y la naturaleza. Esta confrontación requería educación y el aprendizaje de por vida. Pensaba que solo mediante procesos de aprendizaje y educación constantes sería posible lograr la emancipación y el cambio en sí misma y en la sociedad.

Así trabajaba Rosa Luxemburg como docente, también cuando enseñaba economía:  estimulaba el autoempoderamiento.

Por medio de preguntas, preguntando e investigando una y otra vez, extraía de la clase el conocimiento que tenía sobre lo que estábamos buscando. Por medio de preguntas martillaba la respuesta y nos dejaba escuchar por nosotros mismos dónde sonaba hueco y cómo; por medio de preguntas, tanteaba los argumentos y nos dejaba ver por nosotros mismos si eran incorrectos o correctos; por medio de preguntas nos llevaba a reconocer nuestros propios errores hasta encontrar una solución sólida. [2]

Sin embargo, para Rosa Luxemburg el aprendizaje no se limitaba a la educación. La emancipación necesitaba aún más del conocimiento que proviene de la experiencia acerca de las propias fortalezas y  debilidades —igual de importantes—.  Pensaba que  si no se trabajaba hacia una meta no era posible adquirir experiencias, y sabía que entre estas experiencias había algunas muy dolorosas. Para ella, estas experiencias eran más productivas cuanto más colectivas y procesadas fueran. Con este parecer, Rosa Luxemburg puso en su contra a todos los líderes de los partidos del mundo, los cuales siempre creían saber qué era lo mejor para sus seguidores:

El audaz acróbata pasa por alto el hecho de que el único sujeto en el que ha recaído este rol de guía es el yo colectivo de la clase obrera, el cual se empecina en poder cometer sus propios errores y aprender por sí mismo la dialéctica de la historia. Para concluir, digamos abiertamente entre nosotros: los pasos en falso de un movimiento obrero verdaderamente revolucionario son inconmensurablemente más fértiles y valiosos desde el punto de vista histórico que la infalibilidad del mejor de los “comités centrales”. [3]

Rosa Luxemburg volvió una y otra vez a esta idea: una clase social solo adquiere experiencia en la lucha, porque es solo en la lucha que los individuos se convierten en una clase y, por lo tanto, en un factor político. Rechazaba el esquematismo, la idea de que se pueden liderar las luchas siguiendo una teoría ya establecida en un libro. Para ella «es en medio de la historia, en medio del desarrollo, en medio de la lucha donde aprendemos cómo debemos luchar». [4]

En 1912, cuando el SPD obtuvo una importante votación en las elecciones parlamentarias y su dirección insistió más que nunca en que el parlamentarismo era el único camino viable hacia el socialismo, fue Rosa Luxemburg  la que bajó el ánimo victorioso y  les advirtió a los cuatro millones de votantes de la socialdemocracia no ceder su lugar en la lucha al partido:  «han demostrado su poder, ahora deben aprender también a usarlo». [5] Rosa Luxemburg probablemente habría criticado la forma de actuar de los partidos (de izquierda) contemporáneos. Para ella, la única forma de alcanzar la meta era aprender de los errores y la confrontación constante, no defender la propia posición a como dé lugar, pues  esto  resta poder a las bases del partido y a los electores, lo cual para ella era el opuesto de la emancipación.

Notas al pie
  1. Rosa Luxemburg, «Mehr Sozialismus», en Gesammelte Werke, vol. 7/2, Berlin: Dietz, 2017, p. 935.
  2. Rosi Wolfstein, 1920, citada en Jörn Schütrumpf (ed.), Rosa Luxemburg oder: Der Preis der Freiheit, 3 ed. corregida y ampliada, Berlin: Dietz, 2018, p. 102.
  3. Rosa Luxemburg, «Organisationsfragen der russischen Sozialdemokratie», en Gesammelte Werke, vol. 1/2, Berlin: Dietz, 1970, p. 444.
  4. Discurso «La huelga general y los sindicatos», pronunciado el 1 de octubre de 1910 en Hagen en la asamblea extraordinaria de la Asociación Alemana de Trabajadores Metalúrgicos, publicado en Rosa Luxemburg, Gesammelte Werke, vol. 2, Berlin: Dietz, 1972, p. 465.
  5. Discurso «Nuestra victoria electoral y sus enseñanzas», pronunciado el 1 de marzo de 1912 en Bremen, publicado en Rosa Luxemburg, Gesammelte Werke, vol. 3, Berlin: Dietz, 1973, pp. 132 s.
Position 6

¿Cómo veía Rosa Luxemburg las guerras?

Guerra

Para Rosa Luxemburg, la guerra era casi inevitable en la fase imperialista de la modernidad capitalista. Pero esto no le impidió combatir el peligro de la guerra, incluso cuando ello significaba ir a prisión. Rosa Luxemburg rechazaba la violencia y la guerra por motivos humanistas, es decir, éticas, sino también desde su perspectiva revolucionaria. Si Marx había afirmado en la década de 1860 que «la violencia es la comadrona de toda sociedad vieja que está embarazada de una nueva, y ella misma es una potencia económica»[1], su alter ego, el especialista militar Friedrich Engels, matizó esta afirmación en la década de 1890: Declaró obsoleta la violencia militar en una revolución socialista-proletaria, sobre todo la barricada: debido al nivel alcanzado en la tecnología bélica, la derrota del bando revolucionario en un conflicto militar sería inevitable. La violencia abierta, incluida la guerra civil, conduciría a la ruina— al menos en los Estados situados al oeste de Rusia. Ya no se trataría de golpes militares sorpresivos de pequeños grupos, como en las revoluciones de los siglos XVIII y XIX, sino de la superioridad civil.

Para Rosa Luxemburg, la forma más segura de alcanzar el campo revolucionario era mediante la huelga política de masas, que ella misma había vivido durante la Revolución Rusa de 1905/06. En ella, el proletariado debía tomar conciencia de su propio poder, liberarse del dominio intelectual de la sociedad burguesa y, en un segundo momento, paralizar progresivamente la capacidad de resistencia del bloque dominante, incluido el Estado y la Iglesia. Violencia: sí; derramamiento de sangre: no. La época en la que una guerra civil podía ganarse había llegado a su fin. Esta estrategia no se puso a prueba hasta muchas décadas después: a partir de 1980, con el sindicato polaco «Solidarność» y culminando con la implosión del socialismo estatal europeo. Los actores de entonces, sin embargo, sabían poco sobre Rosa Luxemburg; algunos incluso creían estar combatiéndola —póstumamente— como antecesora del socialismo estatal. En cualquier caso, todo sistema basado en la opresión termina tarde o temprano por derrumbarse.

Antes de la Primera Guerra Mundial, los gobernantes de los Estados más poderosos ansiaban la guerra, por razones que Luxemburg, como economista, había comprendido mucho antes del cambio de siglo:

«El desarrollo de la economía mundial y el recrudecimiento y la generalización de la competencia en el mercado mundial han convertido al militarismo y al marinismo en instrumentos de la política mundial que determinan tanto la vida exterior como interior de los grandes Estados».[2]

Según ella, el rumbo predominante se dirigía hacia la guerra y solo unas masas conscientes y dispuestas a luchar podían evitar la catástrofe. Por esta razón, entre otras, escribió en 1913 La acumulación del capital. Contribución a la explicación económica del imperialismo.

Para mantener en marcha el modo de producción capitalista, era necesario conquistar y capitalizar cada vez más territorios que aún no formaban parte del mercado mundial.  A medida que estos espacios se reducían, la competencia entre las grandes potencias se intensificaba hasta tal punto que la guerra se volvía una posibilidad real.

Rosa Luxemburg no solo se adelantó mucho a su tiempo con estas ideas, sino que además quedó aislada por ellas: casi nadie quería escucharla. Tras dos años de guerra mundial, resumió la situación de forma concisa:

«Reducida a su significado histórico objetivo, la actual guerra mundial es, en su conjunto, una competencia entre capitalismos ya plenamente desarrollados por la dominación mundial, por la explotación de los últimos restos de zonas no capitalistas del planeta.»[3]

Para la clase obrera, la guerra mundial fue una catástrofe:

«El objetivo de su camino — su liberación — depende de que el proletariado aprenda de sus propios errores. La autocrítica, la autocrítica implacable y profunda es el aire vital y la luz del movimiento proletario. La caída del proletariado socialista en la presente guerra mundial no tiene precedentes; es una desgracia para la humanidad. El socialismo solo estaría perdido si el proletariado internacional no fuera capaz de medir la profundidad de esta caída y se negara a aprender de ella.»[4]

Este diagnóstico era acertado.

Cuando esta guerra —en Asia desde 1937 y en Europa desde 1939— adoptó el nombre de «Segunda Guerra Mundial», Rosa Luxemburg llevaba mucho tiempo muerta, asesinada por militares alemanes que, durante la guerra mundial, habían tenido tiempo suficiente para practicar el asesinato.


notas al pie
  1. Marx: Das Kapital. Kritik der politischen Ökonomie. Erster Band, in: ders., Friedrich Engels: Werke (MEW), Bd. 23, Berlin 1956 ff., S. 779.
  2. Rosa Luxemburg: Sozialreform oder Revolution? [1899], Berlín 1970, p. 425.
  3. Rosa Luxemburg: Die Krise der Sozialdemokratie (folleto »Junius«), en: ídem: Obras completas, vol. 4, Berlín 1974, p. 153.
  4. Ibíd., p. 53

Position 7

¿Era Rosa Luxemburg leninista?

Lenin y la dictadura del proletariado

Una y otra vez se ha intentado situar a Rosa Luxemburg del lado de Lenin. Para ello, sin embargo, es necesario ignorar muchas de sus posiciones. Tras apenas unos meses de dominio bolchevique, escribió de forma inequívoca:

«La práctica del socialismo exige una transformación intelectual profunda de las masas, degradadas por siglos de dominio burgués. Instintos sociales en lugar de egoístas, iniciativa popular en lugar de pasividad, un idealismo capaz de soportar todos los sufrimientos, etcétera. Nadie lo sabe mejor, lo describe con más insistencia y lo repite con más tenacidad que Lenin. Pero se equivoca completamente en los medios. Los decretos, el poder dictatorial de los supervisores de fábrica, los castigos draconianos, el régimen del terror: todo eso son paliativos. El único camino hacia el renacimiento es la escuela misma de la vida pública, la democracia más amplia e irrestricta, la opinión pública. Precisamente el régimen del terror es lo que desmoraliza. [... No es] la dictadura del proletariado, sino la dictadura de un puñado de políticos, es decir, la dictadura en el sentido burgués».[1]

En 1907, durante el «Congreso Socialista Internacional» celebrado en Stuttgart, Lenin y Rosa Luxemburg coincidieron en un punto: juntos lograron que se aprobara por amplia mayoría una enmienda a la tibia declaración sobre la actitud de los partidos socialistas y socialdemócratas en caso de guerra:

«Si, a pesar de todo, estallara la guerra, sería nuestro deber abogar por su rápido fin y  esforzarnos con todas nuestras fuerzas por aprovechar la crisis económica y política provocada por la guerra para agitar al pueblo y acelerar así la eliminación de la dominación capitalista».[2]

Como hijo de la Rusia zarista, Lenin no distinguía entre el dominio de una clase —es decir, una dictadura de clase— y las distintas formas de Estado en las que ese dominio puede ejercerse, incluida la democracia. En cambio, confundía dominio de clase y forma de Estado. Así, no comprendía el principio básico del análisis marxista del Estado: el establecimiento y mantenimiento del dominio de una clase es el objetivo; la forma de Estado es el medio para alcanzarlo. Lenin no entendió que la dominación de clase puede ejercerse no solo mediante una dictadura, sino también mediante una democracia.

Para Lenin, la única forma de alcanzar la democracia era a través de una dictadura abierta, donde la violencia actuara como la «comadrona» (Marx) de una sociedad libre de opresión y explotación. Rosa Luxemburg, por el contrario, defendía la democracia como la forma de gobierno capaz de hacer realidad la dominación de la clase trabajadora:

«La democracia socialista no comienza [...] en la tierra prometida, cuando ya estén sentadas las bases de la economía socialista, como un regalo de Navidad preparado para el pueblo obediente [...]. La democracia socialista comienza [...] en el momento en el que el partido socialista toma el poder. No es otra cosa que la dictadura del proletariado».[3]

Dado que la parte oriental de Polonia (hasta 1918) estaba bajo dominio zarista, Rosa Luxemburg aspiraba a que su partido polaco (SDKPiL) se uniera a la socialdemocracia rusa, profundamente dividida. A partir de 1906, el SDKPiL pasó a formar parte del partido ruso. En cuanto a la inevitabilidad de una futura revolución, Rosa Luxemburg y los bolcheviques de Lenin seguían de acuerdo.

Tras un primer enfrentamiento fundamental en 1904[4], la ruptura definitiva con Lenin se produjo en 1912; Rosa Luxemburg había agotado la poca simpatía que aún le quedaba por él. Además, a diferencia de Lenin, nunca confundió la política socialista con la lucha burguesa por el poder. Rosa Luxemburg quería conquistar mayorías políticas; Lenin quería conquistar el poder político. Según Luxemburg, él

«no ha conseguido hasta hoy liberarse de la “idea” del dominio de un pequeño círculo sobre el partido. Antes de la revolución [en la Rusia de 1905/06] ya había destruido la unidad del partido para imponer sus ideas organizativas, según las cuales el Comité Central lo era todo y el partido no era más que su apéndice: una masa sin alma, que se mueve mecánicamente al ritmo de un dirigente, como un ejército desfilando en la plaza de armas o como un coro que canta siguiendo la batuta del director. [...] No podemos seguir colaborando con los leninistas…».[5]

No por casualidad, Lenin intentó dividir el partido de Rosa Luxemburg, el SDKPiL, que volvió a actuar de forma independiente a partir de 1912. En 1913, Luxemburg escribió desde Berlín a una redacción en Copenhague:

«La "fuente fiable" de la que [ella] ha obtenido su información sobre la situación de los partidos políticos polacos es el representante de la fracción socialdemócrata rusa, Lenin. Esta fracción, que en la propia Rusia lleva años provocando sistemáticamente la división del partido obrero y una lucha faccional despiadada, que ha formado un“Comité Central” ficticio que nadie reconoce, que bloquea todo esfuerzo de unificación y ha llevado con ello al movimiento socialista ruso al borde de la ruina, es una fuente muy poco fiable y del todo inadecuada para proporcionar información sobre la situación del partido polaco.»[6]

Leo Jogiches, primero profesor de Rosa Luxemburg, luego compañero sentimental y hasta el final (1919) su confidente más cercano, compartía sus opiniones políticas. En el verano de 1917, en plena Revolución Rusa, señaló que

«los revolucionarios rusos tenían sus propios métodos y opiniones y actuaban en consecuencia; el Grupo Espartaquista debía apoyar la Revolución Rusa, pero distanciarse de Lenin y su partido.»[7]

Sin embargo, la toma del poder por los bolcheviques en noviembre de 1917 puso a Jogiches y Luxemburg en una situación difícil: sabían que ya no podían ignorar a Lenin y que era necesario actuar con prudencia. Por ello, Rosa Luxemburg evitó todo lo que pudiera interpretarse como una traición en plena revolución. Aun así, en La Revolución Rusa, redactada en prisión en otoño de 1918, sus críticas fueron tan claras que el texto permaneció prohibido en la Unión Soviética hasta su desintegración.

Notas al pie
  1. Rosa Luxemburg: Zur russischen Revolution [1918], en: ibíd.: Obras completas, vol. 4, Berlín 1974, p. 360 y ss.
  2. Congreso Internacional Socialista de Stuttgart 1907, del 18 al 24 de agosto [actas de las negociaciones], Berlín 1907, p. 66.
  3. Luxemburg: Zur russischen Revolution, p. 363.
  4. Rosa Luxemburg: Organisationsfragen der russischen Sozialdemokratie [1903/04], en: ídem: Obras completas, vol. 1/2, Berlín 1970, pág. 422 y ss.
  5. Rosa Luxemburg, citada en Jörn Schütrumpf (ed.):"No podemos seguir caminando con los leninistas…” o: Cómo Lenin “venció” a Rosa Luxemburgo, Berlín 2022, https://www.rosalux.de/publikation/id/49686.
  6. Rosa Luxemburgo a la redacción del »Social-Demokraten«, 20 de octubre de 1913, en: idem, Cartas completas, vol. 6, Berlín 1993, p. 193 (resalte en el original).
  7. Citado en Elisabeth Benz: Ein halbes Leben für die Revolution. Fritz Rück (1895-1959). Eine politische Biographie, Essen 2014, p. 97.